7 de enero de 1953; comienzan las obras del Seminario Menor…
Con la aparición de esta institución cambiaría la vida de muchas personas: alumnos, sacerdotes, profesores, empleados… Han sido miles… y todos podrían contarnos miles de anécdotas, pero hay una persona, de la que voy a hablar, que podría contarnos muchísimas cosas más, una persona que se lleva grandes recuerdos del Seminario. Se lleva mucho cariño y, sobre todo, muchas vivencias y anécdotas.
El 2 de diciembre de 1954, casi dos años después de comenzar las obras del Seminario, nacía una niña preciosa… (Bueno. Yo no la vi. Me imagino que sería preciosa)… que sería bautizada con el nombre de Bibiana Elisa. Ella es la cuarta de 6 hermanos, criada en una familia humilde y trabajadora, acostumbrada desde niña a trabajar y ayudar en las tareas domésticas.
Con tan solo 12 años, mientras estudiaba, salía rápido de la escuela para aprender a coser en La Xesteira, una casa de la aldea de su pueblo natal, Bama. Su padre, Ramón, no quería que fuese por las casas a coser porque, según él: “A rapaza era moi guapa. E non vaia ser…”
Fueron pasando los años y, con tan sólo 15 años, se vino a trabajar a Santiago, a una pastelería. Allí también aprendió otro oficio que, sin duda, sabe hacer muy bien: la repostería. Seguro que de esa pastelería tendrá muchos recuerdos: Pastelería Jacobea. Ahí fue donde, por primera vez, vio a aquel joven alto, guapo y delgado llamado Antonio. Él trabajaba como camarero en un lugar cercano: Bar O Pote. Así empezó el intercambio de miradas, los primeros amores… y los definitivos!
Con 17 años, y de la mano de su madre, María, entra a trabajar en el Seminario. Era un lunes, 10 de enero del año 1972. Entró para no salir ya más de la vida de esta institución. Cerca ya de 48 años.
Su padre decide que se quede a vivir en el propio Seminario. Allí conviviría con muchas compañeras que, como ella, aprendían un oficio junto a las que durante tantos años cuidaron de esta casa: las Hijas de la Natividad de María o, como todos las conocemos, las Señoritas de Atocha.
En un principio, Elisa se dedicaría a la costura. Con el paso de los años, iría cambiando de diferentes tareas. Como ella misma dice muchas veces: “Era multiusos”.
Tantas historias que contar de lo vivido en este tiempo… Durante este último año, he estado preguntando y, si os digo la verdad, he quedado sorprendida de todo lo que he escuchado:
- Cómo se escapaba para encontrarse con Antonio…
- Las veladas con los discos de Vicente Fernández y la canción Volver, volver…
- Su ingreso de urgencia por un ataque de apendicitis…
- Salvarle la vida a un formador que se atragantó comiendo…
- O la más reciente postración ante la cama del Sr. Rector por un ataque de lumbago… Si es que los años no perdonan…
Sin duda, muchas de estas cosas son anecdóticas o de risa. Daría para escribir un libro de historias… Pero el Seminario, para muchos de nosotros, no solo es un trabajo. Es nuestra otra casa, donde todos formamos una gran familia. Aquí hemos convivido durante muchas horas, muchas semanas, muchos años (21 años ya llevo yo aquí junto a ella). Tanto tiempo da para que sintamos esta casa como nuestra, y los que aquí convivimos, nos sintamos realmente familia:
- Por aquí hemos visto corretear a su hijo, Toño.
- Por aquí vemos corretear ahora a su nieta, Naira.
- Aquí hemos reído muchas veces juntas, y también hemos llorado…
Y es que las familias son así… Por eso, porque somos familia, no vayas a pensar, Elisa, que al jubilarte, se rompieron los lazos que nos unen a todos en esta casa. Siempre serás nuestra Elisa, nuestra cocinera, nuestro paño de lágrimas, nuestra azuzadora tocanarices… Siempre estarás presente en nuestro Seminario, siempre estarás presente en nuestra vida.
María Tarrío

